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gabrielapavinski

La caja

Escrito por gabrielapavinski 14-07-2016 en microrrelato. Comentarios (0)

Cada noche esperaba con un puño en su estómago a que aquél viajero gris volviera a por su caja misteriosa a su motel. Contaba las bolitas de un Rosario sin rezar nada sólo por matar el tiempo y la ansiedad que le apresaban. Al lado del libro de visitas estaba la caja que se dejó el extraño huésped. <<No puedes abrirla. Ni tú ni nadie de este mundo debe abrir la caja. >> Recordaba nuestro héroe las palabras del viajero. Una noche, especialmente estrellada, Julián escuchó unos pasos invisibles que se arrastraban hasta la recepción. La vela que tenía como mera decoración titubeaba como asustada. Su corazón se sobresaturaba. Los pasos cada vez se escuchaban más de cerca y la respiración de Julián se entrecortaba. Se hizo un silencio extraño y vio una mano gris, vieja y fría custodiando la caja. Julián miró como pudo, luchando contra el pánico sumo, al dueño de la mano helada. Entre balbuceos consiguió preguntar << ¿V...V…vi vi viene usted a por su caja? >> <<Efectivamente>> Contestó el viajero con una sonrisa ladeada. Después de un micro infarto y un alarde de valentía le preguntó qué contenía la caja. El viajero gris, con un gesto entre compasión y acidez estomacal contestó: << La caja contiene la verdad, y por el bien de tu pueblo y la sociedad, me la he de llevar para que permanezca cerrada. >>


POEMAS DE UN VAGO

Escrito por gabrielapavinski 22-04-2016 en Poemas. Comentarios (0)

I

Mañana, en cuanto me levante, lo escribo

II

Mañana en un momento

todavía es pronto

todavía tengo tiempo.


Luego lo hago

mañana lo hago

me cago

qué pateo

el lunes empiezo.


No quiero hacerlo

no me apetece

menuda pereza

cinco minutos más y

me fumo un piti y

me pongo a hacerlo.

¿Habrá resumen del libro?

Mañana lo leo.


Mañana me apunto

mañana madrugo

mañana me pongo

mañana me paso

mañana voy al gimnasio.

¿Alguien no querría cobrar por hacermelo?


Venid a mi casa

el sábado limpio

el año que viene

después, después

ahora no puedo

imposible

no quiero

me rajo.


III

Me cago en la puta.

No tengo tiempo

ahora mira todo esto

pero por qué no lo has hecho

pero qué has estado haciendo

Eres una vaga.


Venga corre

sí me da tiempo

puede que si no duermo

pueda hacerlo

no puedo.


Pero qué has hecho.

Todo por una partida más

una hora más,

un cigarro más,

un capítulo más,

un día más,

una semana más

y una rascada de pierna a destiempo.

La próxima vez seguro que no me pasa esto.

LA FÁBULA DEL FARERO

Escrito por gabrielapavinski 28-01-2016 en relatos. Comentarios (0)

       En lo alto de aquel pedrusco se encontraba el faro recién huérfano de su dueño, Espléndido Caffó. Se veía triste, se veía apagado. Hacía años que no funcionaba, pero Espléndido, que dedicó su vida entera a ese faro, decidió dejarlo todo atrás y vivir en aquella torre que ya no guiaba ningún barco. Vivió allí sus años más álgidos, más claros. Aquella luz le daba las coordenadas para no volverse loco y seguir adelante en cada obstáculo de la vida. Hasta que Espléndido, desencantado con lo que realmente eran las cosas, decidió apagarlo. Prefería estar loco, pero por lo menos tenerlo claro.

        Después de publicar la noticia, velarlo, santificarlo y enterrarlo, los hijos legítimos fueron corriendo al notario para ver qué les había dejado. Al hermano mayor le dejó su colección de libros usados junto con la cubertería de plata de su boda. Al mediano le dejó una carta sentimental y varias monedas antiguas de un valor desorbitado. Por último, al pequeño, le dejó su coche y, aunque el pequeño todavía no lo supiera, el faro. Se fueron de la notaría los dos primeros hermanos llenos de alegría. Iban a ser ricos vendiendo la plata y las monedas. Vivirían en algo un pelín más grande que un piso, que para ellos suponía un palacio. El menor de los hermanos, un poco despagado con la parte que le había tocado, fue a recoger del garaje la chatarra sobre ruedas que le había dejado. Miró el coche y se puso a llorar. Su padre desapareció tan pronto de su vida que no sabía nada de él. Quiso preguntar en varias ocasiones a su madre y a sus hermanos, pero era un tema tan sumamente tabú, que obtener una puntita de información era casi un milagro.

       Condujo la cafetera hasta su casa y la dejó aparcada en la puerta. Era una tartana de color negro con manchas de óxido por todas partes. Se detuvo unos minutos, con las llaves en la mano, a observarlo de arriba abajo.

        Abrió la puerta de su casa, dejó los trastos y resopló cansado –Hoy ha sido un día raro.- Pasó una hora y todavía no se había sentado, así que salió al balcón a fumarse cuatro cigarros. La calle estaba en completo silencio. Al segundo pitillo, bajó la cabeza y miró el coche. Enchufó el tercer cigarrillo y a lo tonto a lo tonto, seguía mirando ese coche negro oxidado. Casi sin terminar el tercero, se enchufó el cuarto pitillo. Él no se dio cuenta, pero desde que le atrapó el automóvil, no había parpadeado. Cogió las llaves y bajó para conducirlo. Giró la llave para arrancarlo y haciendo un par de juegos con los pedales por inercia, lo puso en marcha y salió de la calle seguro y como hipnotizado.

       A mitad de camino, se despertó y fue consciente de que llevaba el volante en sus manos. Se asustó y quiso dar la vuelta para volver a casa, pero cuando quiso girar a la derecha para el cambio de sentido, su cuerpo y el coche pasaron de largo. Siguieron por una carretera oscura. Llegó a una explanada con una torre inmensa en medio que todavía no identificaba. –Parece un faro abandonado.- Escuchó un par de ruidos y como si fuera el protagonista de La piel fría en sus primeras noches en la isla con aquellos seres extraños, le recorrió por el cuerpo un latigazo eléctrico. Apretó las nalgas y salió corriendo hacia el coche para volver a casa.

       Las consecutivas noches se siguió sucediendo el mismo ritual con el ataque de pánico justo al final y una retirada prudencial debajo del nórdico de su cama. Hasta que un día, a eso de las cinco de la tarde, el coche le llamó y lo llevó de nuevo al faro. Ésta vez, como el sol lo dejaba ver todo, no le dio ese apretón de miedo y se atrevió a entrar. Las escaleras estaban medio en ruinas, salía vegetación de cualquier lado. Subió y subió cada cinco peldaños más rápido. Cuando ya le caían las gotas de sudor hasta por los labios, llegó a la cima del faro. Vio el foco, las cristaleras llenas de mugre, moho y polvo. Vio un colchón sucio a la izquierda del todo. Alrededor, un montón de libros y cuadernos garabateados y al lado de la almohada, una foto. La cogió con cuidado, le dio la vuelta y dijo –Somos nosotros.- Eran su madre, sus hermanos, él y justo en medio, un hombre con la barba frondosa y hasta más debajo de los hombros que fumaba en una pipa muy alargada.

      Se sentó en aquel colchón y se entretuvo mirando la foto y leyendo los apuntes y libros. Sin darse cuenta se hizo de noche. Todo se quedó completamente oscuro. Fue de repente consciente y se volvió a quedar paralizado. Se empezó a imaginar de nuevo a aquellos seres anfibio-humanoides saliendo del agua y reptando para matarlo. Su instinto de supervivencia le levantó rápido del suelo y como si encendiera faros de toda la vida, encendió el gran foco. Esa luz unidireccional le calmó del todo. Sentía una paz extraña que no le hacía pensar en sus miedos más preciados.

      Se enchufó el primer cigarro, se apoyó en el hueco del ventanal que estaba roto y así, en esa posición y con el foco encendido, pasaron veinte años. Cuentan los del pueblo de bajo, que de repente un día, guardó sus cigarros, apagó la luz, se acostó en el colchón a mirar el techo y murió de pena con los años.



EJERCICIO JUNIO PARA EL BLOG adictos-escritura.blogspot.com

Escrito por gabrielapavinski 20-06-2015 en relatos. Comentarios (0)

1. La temática del relato ha de centrarse en el calor, ya sea ambiental o sensación térmica, vale cualquiera de sus formas siempre y cuando sea el protagonista. Vuestra creatividad será la encargada de dar el enfoque: podéis contar una historia que transcurra en un día caluroso o que vuestro protagonista tenga 40º de fiebre. ¡Sea como sea tenéis que conseguir que vuestro relato transmita CALOR!

EL CALOR.

Por fin llegó el día. Han pasado dos años desde la última vez que el escritor Antuán Pénez Cogelo vino a la feria del libro de Valendia a firmar sus ejemplares. ¿Lo llevo todo? llaves, móvil, mp3, el pequeño bocata de jamón de pato, pañuelos ¿Agua…? No, da igual, ya me compraré allí una botellita fresquita que si no, no me cabe todo en el bolsito. Bueno pues ¡Andiamo presto!

La explanada de la Feria del Libro está abarrotada de gente y bañada en un sol amarillo y potente de agosto. Familias enteras han venido a pasar el fin de semana en este magnífico espacio para las letras y la ilustración. Casi no se puede ni andar con fluidez por los caminos que atraviesan las casetas. Casi hay que caminar como haciendo una coreografía de ballet contemporáneo ¿Dónde estará la caseta de Antuán? Tras un par de vueltas buscando como una loca la caseta de mi autor favorito, encuentro el cartel de tamaño desmesurado de Antuán, mostrando su nueva obra “Amores trascendentales en Sarajevo” con un aura de colores vivos tras su figura. Entusiasmada como una chiquilla doy un pequeño saltito sobre mí para darme impulso y me arranco a la carrera hacia la cola. -Rápido rápido rapidiiito- canto animada. Al llegar paro en seco sorprendida por la cantidad ingente de gente que colma cada milímetro de suelo de la plaza. Pensativa en si volver a casa o quedarme, decido no perder esta oportunidad de oro que me estaba regalando la vida, Antuán Pénez no viene siempre a Valendia y hasta por lo menos tres años más tarde no volvería a la ciudad. Así pues, decido ir al final de la cola y preguntar, en aquel desorden personal, quién era el último. Con mi ejemplar en las manos y la primera gota gorda de sudor originándose en mi frente, me pongo detrás del último tío melenudo. Me atrevo a sacar la cabeza de la línea recta y ver el tamaño titánico de la cola.

Un suspiro jondo sale de mi cuerpo tras estar la primera media hora en la misma posición. No se ha movido nadie. Ninguno hemos dado un paso más adelante que el paso placebo hacia delante o hacia los lados que damos para no sentir que estamos totalmente quietos. El sol empieza a ser traicionero y como la cola, a estar fijo y fuerte cayendo sobre todos los cuerpos en pie esperando la firma del literato. En esta aburrida media hora, el sol ha estado quemando mis retinas y no puedo abrir los ojos más de una línea ¿Llevo las gafas de sol? -Por Diox, dime que las he cogido-, pero metiendo la mano en el bolso con desespero, descubro que mi cerebro ha sido poco previsor. Las gotas de sudor, que ya caen de cuatro en cuatro, están preñadas de trillizos y casi me erosionan la cara. Ya han mojado tanto mis cejas que entre mi frente y mis ojos ya no hay obstáculo alguno que le impida al sudor, salado y ácido, caer en mis globos oculares para enrojecerlos. Adiós al rímel, adiós a la pintura de ojos. Me froto justo debajo del ojo para comprobar la altura de mi maquillaje. A juzgar por el dedo pintado de negro, imagino que  parezco un indio de luto. Joder, necesito unas toallitas o algo para limpiarme. Acalorada busco algún paquete de toallitas en vano ¡Pañuelos! Pero están muy secos, aunque bueno, tengo la cara prácticamente chorreando, así que tampoco pasará nada, más natural. En vista del empastre que creo que estoy haciendo, decido parar para dejar de sudar extra de pensar que alguien me esté viendo. Guardo el pañuelo en el bolso, por no tirarlo al suelo, y me miro las manos, mierda, las llevo tintadas de negro. Qué asco ¿No llevaré agua? Oh, no, maldita sea, me dije de comprarla en la feria. Avanzamos ¡Oh por Diox avanzamos! Venga venga, ya vamos por el paso 24. Pero esa breva no era para mí. Paramos en seco antes de acabar el vigésimo cuarto paso. Me dieron unas pequeñas ganas de llorar, pero me contuve como una Señora. Parece que hayamos hecho un gran recorrido, pero ni desde aquí veo si quiera la mesa de firmas de Antuán.

En esos 24 pasos pasamos otra hora que parecía un milenio. El sol estaba en su punto más álgido llegando a instalarse por todo el terreno. Todo parecía estar ardiendo. A cámara lenta observo el gentío. La cola, engrosada a lo ancho por grupos de amigos emite un único murmullo a gritos. No puedo escuchar ni a mis pensamientos. Lo poco que se ve del suelo es árido y polvoriento. Mi cuerpo no para de sudar y mi ropa lleva un rato delatándolo al resto. Por mucho que apriete las axilas, ya noto el roncho de sudor empapar mi cadera. Joder y yo hoy sin duchar, debo de estar oliendo fatal y encima estoy pegado a la espalda sudada de mi predecesor y tengo el aliento, caliente también, prácticamente en la nuca pegado del de detrás que no para de subirse y bajarse los mocos. Mis piernas están atrapadas en una estufa a máxima potencia ¿A quién coño se le ocurriría ponerse pitillos negros en pleno agosto? Pero es que estos días ha hecho tanto fresquito… ñañañá ñañañá ¡Idiota! Cómo se te ocurre ponerte estos. Mi cuerpo está preso en la ropa de pretura y el apretujón de la gente. Me siento en medio de un puchero de carne cocinado a fuego lento. El agua hirviendo, yo con la cabeza fuera y los tropezones de carne y verduras chocándose con mi cuerpo. Ya no aguanto más. Tengo la boca seca, como una lija. Necesito agua, un poquito sólo de agua. Yo para qué me dejaría la botella. Mi boca llora y patalea por un mísero trago de agua fresca. Miro a mi alrededor a ver si hay alguna caseta, pero  aquella plaza reservada, sólo era para Antuán y sus fans. Maldita sea. Empiezo a semi hiperventilar pensando que estoy atrapada. Parece que nos movemos ¿Sí? Por favor, dime que sí. Pero no, los de delante se han puesto a jugar a lo bruto y el melenudo de la camisa sudada que tengo en mi frente retrocede para aguantar el equilibrio. Choca en seco contra mí, que estaba absorta mirando un hueco de sombra a lo lejos. Para poder salvarse de la caída, ha tenido que levantarme con su sandalia de soldado pretoriano galáctico la uña del dedo gordo del pie y llenarla de tierra. –¡Hostia, lo siento tía!- me dice riéndose – No te preocupes, no es nada-, te mataré, maldito del averno. Tengo media uña levantada con sangre mezclada con arena y el sudor que carga todo el ambiente. Saco el pañuelo para limpiármelo un poco, pero está tan seco que me da dentera. No tengo ni una triste gota de saliva para mojar el pañuelo un poco, mi lengua parece un encendedor de cerillas. Tampoco puedo agacharme mucho a ver la uña porque cargo con el librazo de 2.389 páginas. Por favor, qué calor. Avanzamos otros pocos pasos. Desde aquí veo el trocito de sombra más cerca. Ojalá pudiera ir aunque fueran 5 minutos. Mis ojos no pueden dejar de mirar la sombra pensando en los gratos recuerdos que tengo de ella, tan fresquita, tan aislada de la ola de calor que respiro al pleno sol atrapada en esta cola tan larga. Flirteo con la idea de pedir que me cuiden el sitio, ir un poquito a la sombra y volver de nuevo más fresquita. Además, allí hay padres con niños en carritos, seguro que llevan agua para sus hijos, y por la gloria de Diox, no se podían negar a darme un poquito. Pero todas mis ilusiones van directas al fracaso. No era la primera vez que hacía cola para que Antuán me firmara un libro, así que ya sabía de qué pie cojeaban la mayoría de lectores que se agolpaban en  las colas. Ninguno de ellos ha sido fiel a guardar ningún sitio y todos han prometido hacerlo, intentarlo o ni siquiera contestar a la pregunta de la víctima. Vuelvo a sacar la cabeza para ver el tamaño de la cola que me queda y la que he dejado atrás. Ahora no puedo plantearme salir de aquí, estoy demasiado cerca y ahora lo que ya no veo es el último tramo de la cola que se divisa como si fuera un mar de calor borroso y ondeante. Mi corazón empieza a tener taquicardia de verlo todo tan cerca. Pensar que dentro de nada va a acabar y podré comprarme luego una botella de dos litros de agua fresca, beberme uno y tirarme el otro por todo el cuerpo. Podré llegar a casa y quitarme estos pantalones y poner las piernas encima del ventilador. Pero el universo es cruel y ha decidido hacerme más pesada la espera. Un grupo de niños portando un litro de refresco denso de lima y tres toneladas de azúcar van jugando al pilla-pilla. Como todavía no tienen conciencia de las cosas, la víctima va corriendo como una liebre con el cuerpo hacia adelante y la cabeza mirando a su cazador. Así pues, la liebre chocó contra la cola y derramó  sobre mí su refresco mortal de glucosa. Un poco en el pelo que lo apelmaza y se expande a medida que intento quitarlo. La camisa tenía un nuevo lamparón, pero este más pesado. Los pantalones tenían otros dos manchurrones. Y la uña, la uña ya no quería ni mirarla. En un ataque de ira suelto a voces: -¡Herodes dónde estás! (Ojalá esta frase fuera mía)- El líquido de los niños ya estaba calando el pantalón negro, ya lo noto juntarse a mi piel bañada en sudor y mezclarse en un episodio amoroso que sé que se solidificará dentro de muy poco. Por qué, por qué no estábamos en el universo en el que Rita se acomodó en la alcaldía de Valendia 24 años. Por lo menos la feria del libro es en Abril, con el caloret y no en agosto con esta capa de magma volcánico que me está abrazando.

Por fin está Antuán firmando los libros del melenudo y sus colegas. Aprieto con las dos manos y con fuerza mi ejemplar. Ya casi me da igual hasta el calor. Doy saltitos sobre mí porque con la emoción, y aunque parezca mentira por la ultra sudoración, me estoy meando. Ya me toca. Ya me toca. Ya me toca -¡Hola! Vengo a que me firmes el libro. – Joder, estoy imbécil, menuda frasecita ¿A qué voy a venir sino? Antuán, sin mirarme si quiera se levanta emitiendo un alargamiento vocálico de <<e>> y me suelta – Mira, a mí no me líes, me voy que hace mucho calor.- Mi cabeza es un hervidero de ideas, odio muerte y destrucción, pero el shock de oír esas palabras de mi ídolo después de todo el infierno vivido para que me firme un puto libro dejan a mi cuerpo inmóvil. Veo cómo se aleja con mi ejemplar en las manos y el cuerpo chorreando. Tras tres segundos me dirijo a él de modo contundente- ¡Perdone ustez*!- No lo creía, pero Antuán se paró y se giró,-Va usted a firmarme el libro porque llevo más de dos o tres milenios esperando sufriendo miles de- El tipo me corta en seco y me dice – ¡Que no me líes! Que me voy, que hace mucho calor-. Así pues me abalanzo sobre él como una maníaca, le cojo de la pechera y lo zarandeo sin parar de soltar vituperios hacia su persona – ¿Usted? ¡Usted no sabe quién soy yo mon amie! Soy la exploradora 1-555-246 de la sección A de los viajes multiverso y acabo de pasar un infierno bíblico para su puño y letra, así que haga el favor de firmarlo.- Antuán, casi a punto del llanto sacó su pluma y me lo firmó. –Déjame en paz, por favor, loca.- -¿Loca yo?- y cuando alzo mi puño en alto para apoyarlo con sarna en su mejilla pienso: Sí, loca tú, loca del coño, así que para ya, recoge tu dignidad y talante del suelo, si te queda, vuelve a tu casa y no vuelvas jamás a salir de ella.

Llegué a casa, me di una buena ducha de agua fría puse todos los ventiladores al máximo, me desnudé y me tiré en el sofá a ver mi súper firma.


EJERCICIO ABRIL/MAYO PARA BLOG ADICTOSALAESCRITURA.

Escrito por gabrielapavinski 18-05-2015 en microrrelato. Comentarios (0)

DESARROLLA EL MICRO:

Este ejercicio consta de dos partes explicadas en el post anterior. Así que, sin más dilación, procederé a pegar la primera parte del microrrelato que me ha tocado de la pluma de María Orgaz que, como tiene algo de seguridad extraña, supongo que para evitar plagios, no puedo copiar y pegar el principio de su relato y me niego a copiarlo a mano.  Así pues os dejo el link de la primera parte del relato de Leire  http://marru86.blogspot.com.es/2015/04/microrrelato-abril-adictos-la-escritura.html?m=1#more 

MICRORRELATO: LEIRE 

En la cena sus ojos verdes fueron protagonistas y laureados, tanto, que hasta a Leire ya le costaba creer que fueran sus ojos. La carne de bistec, como segundo plato, vino aderezado de las mejores palabras de amor que le pudiera haber dicho un ser humano. Todo era perfecto, incluso su trabajo de guardia de seguridad era de su agrado. Su cuerpo viajaba en una nube blanca mantenida por las palabras de Ricardo. Y cuando ya no podía ir mejor, el sexy y apuesto galán le entregó un pequeño regalo. Eran unos pendientes preciosos que se unían en perfecta sintonía con el color de su tez áurea como la de doña Dulcinea del Toboso. -¿Y estos pendientes?- Dijo Leire encantada y sorprendida a la vez. Ricardo la miró fijamente torciendo la sonrisa a un lado. – No lo sé, no lo sé, mira, cosas, tuvo que ser el destino encontrarte acorralada por un sucio atracador que todavía calzaba navaja y que yo fuera campeón de Ninjutsu y justo pasara por allí.- Hizo una pausa dramática mientras le cogía de la barbilla para que le mirara a los ojos. – Luego vi tus hermosos ojos verdes y me dije: Ricardo, esta es para ti. Y decidí que tenías que ser mía.- Leire no sabía dónde meterse entre tanto halago. No estaba muy acostumbrada a que, a pesar de sus ojos esmeralda, un hombre apuesto le hiciera tanto y tan buen caso. Sólo tuvo una única relación con un tal Javier, que vamos, digamos que no salió muy bien. – Son preciosos, muchísimas gracias Ricardo, pero, ¿No son demasiado caros? No podría aceptarlos.- -Shh, no te preocupes, puedo permitírmelo.- Y así terminaron el flan de café y entrelazándose ya sus manos.

Las tres primeras semanas Leire estaba que no estaba. Viajaba en una atmósfera ideal que sólo crecía de películas y libros largos. La primera semana, la llevó a un paseo en barca por L’albufera y le cayó un ramo de rosas blancas. Un ramo por cada semana. En la segunda, apareció Ricardo en su trabajo con el pertinente ramo de rosas blancas y la raptó a un viaje sorpresa e improvisado a Castellón, o como él dijo: “al final del planeta.” Ella no cabía en el asombro ni en el cúmulo de poesía y halagos. La tercera semana, Ricardo ya era dueño de su casa. Ya había restos de él y su cuerpo en el baño, en el comedor, en su cuarto y su olor en la cama ya había impregnado un par de cambios de sábanas.

Tras dos meses de excesiva glucosa en el ambiente enamorado, una noche, llegaron al piso de una breve cena con un par de amigos de Leire. -¿Qué te han parecido mis amigos?- Mientras él deja la chaqueta en cualquier lado con la cara medio seria medio de asco –Hombre, pues no me han hecho ni caso.- -¿Qué quieres decir?- - Naada, vamos a dejar el tema un rato.- Y se sentó en el  sofá a cambiar canales de televisión en silencio y asqueado. Leire intentó sacarle tema en alguna que otra ocasión para suavizar la tensión del ambiente, pero como si de un perro se tratara, Ricardo seguía con la mirada y el silencio clavados en su pantalla plana.

Querida Estela:

No sé por qué sigo escribiendo e-mails a amigos con la fórmula correcta de: Querida tal. Pero bueno, ya que estamos, no la quito. AAy Estela. ¡Estoy tan a gusto! Hoy hemos ido al  barrio judío y a los baños árabes, la verdad es que ha estado súper chulo. Ricardo se ha aburrido un poquito en estos sitios, así que hemos hecho una visita rápida y por lo menos nos ha dado tiempo a tomarnos un helado que cómo no, el señorito ha pagado. Tía, estoy en un sueño: no pago nada, me abren la puerta del coche, hoteles.... En tu mail me recriminabas que desde la cena no habíamos quedado y que de eso ya hacía un mes y pico, pero es que Estela… creo que me he enamorado. Ya sé que es muy pronto, pero tengo un pequeño pálpito, no sé si es su mirada, sus palabras, sus músculos, pero me siento una chiquilla. Es como si hubiera perdido la independencia puesto que mi seguridad la vela precisamente un guardia de seguridad y ya no tengo que preocuparme de nada. Y él me quiere. Lo sé, no para de decírmelo. De hecho, anoche, de repente, me paró en medio de una plaza, me cogió y me dijo: “Justo ahora hacemos cuatro meses enteros.” Tía, qué fuerte que se sabía la hora a la que me rescató de aquél ataque. Y después de decirme eso, me dijo que era la mujer de su vida, que lo tenía claro. Ayyy ¿A qué es un bonico!? Me tiene loquita. Bueno, paro de contarte cotilleos que si no cuando vuelva no tendré nada que contarte.  Volveremos la semana que viene, así que el martes sin falta te llamo. Un beso!!!

-¿Qué haces?- Leire cerró el portátil de un golpe del susto que le dio. -¡Qué susto me has dado joder! Pensaba que no estabas.- Con el gesto aguantando la acidez de la pregunta tras una sonrisa - ¿Que estabas haciendo algo malo? ¿A ver?- Fue corriendo como jugueteando con ella para abrir el portátil y ella, siguiendo el juego, intentó bloquearlo. De repente, al poco del forcejeo de broma, Ricardo apartó a Leire de un buen codazo. Ella cayó al suelo soltando el grito del codo en su bazo. Ricardo ni se inmutó. Abrió el ordenador y vio que había enviado un mail. Leire, en el suelo y cagándose en todo, le dijo: -Joder Ricardo! Me has hecho daño- Ricardo se dio cuenta de que Leire estaba en el suelo y tuvo la cortesía de preguntarle que qué hacía allí, que no le había apartado tan fuerte, que estaban jugando. Empezó a subir el tono de su alegría rozando lo irreal diciéndole que no pasaba nada. Que la quería, que fueran a aprovechar la mañana a ver cosas que sólo a ella le gustaran. -Cosas de arte y esas cosas, tu sabeh.-

A los seis meses, a pesar de que Ricardo ya mostró varias facetas siniestras hacia ella, Leire ya no veía ni a sus hermanos que vivían justo al lado. Se pasaba el día encerrada y acompañada en casa soñando todo lo que iban a hacer ella y Ricardo. Sus amigos intentaron decirle a gritos que aquello de que todo fuera tan rápido desde el principio, era como poco raro. Incluso la primera cita, después de la batalla, en aquél restaurant francés de vinos caros, resultaba bastante extraño.

Al año y pico, Leire todavía tardó otros dos años en poder dejarlo. Ahora vive tranquila y feliz apreciando que el amor no son palabras ni regalos caros.