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Escrito por gabrielapavinski 20-06-2015 en relatos. Comentarios (0)

1. La temática del relato ha de centrarse en el calor, ya sea ambiental o sensación térmica, vale cualquiera de sus formas siempre y cuando sea el protagonista. Vuestra creatividad será la encargada de dar el enfoque: podéis contar una historia que transcurra en un día caluroso o que vuestro protagonista tenga 40º de fiebre. ¡Sea como sea tenéis que conseguir que vuestro relato transmita CALOR!

EL CALOR.

Por fin llegó el día. Han pasado dos años desde la última vez que el escritor Antuán Pénez Cogelo vino a la feria del libro de Valendia a firmar sus ejemplares. ¿Lo llevo todo? llaves, móvil, mp3, el pequeño bocata de jamón de pato, pañuelos ¿Agua…? No, da igual, ya me compraré allí una botellita fresquita que si no, no me cabe todo en el bolsito. Bueno pues ¡Andiamo presto!

La explanada de la Feria del Libro está abarrotada de gente y bañada en un sol amarillo y potente de agosto. Familias enteras han venido a pasar el fin de semana en este magnífico espacio para las letras y la ilustración. Casi no se puede ni andar con fluidez por los caminos que atraviesan las casetas. Casi hay que caminar como haciendo una coreografía de ballet contemporáneo ¿Dónde estará la caseta de Antuán? Tras un par de vueltas buscando como una loca la caseta de mi autor favorito, encuentro el cartel de tamaño desmesurado de Antuán, mostrando su nueva obra “Amores trascendentales en Sarajevo” con un aura de colores vivos tras su figura. Entusiasmada como una chiquilla doy un pequeño saltito sobre mí para darme impulso y me arranco a la carrera hacia la cola. -Rápido rápido rapidiiito- canto animada. Al llegar paro en seco sorprendida por la cantidad ingente de gente que colma cada milímetro de suelo de la plaza. Pensativa en si volver a casa o quedarme, decido no perder esta oportunidad de oro que me estaba regalando la vida, Antuán Pénez no viene siempre a Valendia y hasta por lo menos tres años más tarde no volvería a la ciudad. Así pues, decido ir al final de la cola y preguntar, en aquel desorden personal, quién era el último. Con mi ejemplar en las manos y la primera gota gorda de sudor originándose en mi frente, me pongo detrás del último tío melenudo. Me atrevo a sacar la cabeza de la línea recta y ver el tamaño titánico de la cola.

Un suspiro jondo sale de mi cuerpo tras estar la primera media hora en la misma posición. No se ha movido nadie. Ninguno hemos dado un paso más adelante que el paso placebo hacia delante o hacia los lados que damos para no sentir que estamos totalmente quietos. El sol empieza a ser traicionero y como la cola, a estar fijo y fuerte cayendo sobre todos los cuerpos en pie esperando la firma del literato. En esta aburrida media hora, el sol ha estado quemando mis retinas y no puedo abrir los ojos más de una línea ¿Llevo las gafas de sol? -Por Diox, dime que las he cogido-, pero metiendo la mano en el bolso con desespero, descubro que mi cerebro ha sido poco previsor. Las gotas de sudor, que ya caen de cuatro en cuatro, están preñadas de trillizos y casi me erosionan la cara. Ya han mojado tanto mis cejas que entre mi frente y mis ojos ya no hay obstáculo alguno que le impida al sudor, salado y ácido, caer en mis globos oculares para enrojecerlos. Adiós al rímel, adiós a la pintura de ojos. Me froto justo debajo del ojo para comprobar la altura de mi maquillaje. A juzgar por el dedo pintado de negro, imagino que  parezco un indio de luto. Joder, necesito unas toallitas o algo para limpiarme. Acalorada busco algún paquete de toallitas en vano ¡Pañuelos! Pero están muy secos, aunque bueno, tengo la cara prácticamente chorreando, así que tampoco pasará nada, más natural. En vista del empastre que creo que estoy haciendo, decido parar para dejar de sudar extra de pensar que alguien me esté viendo. Guardo el pañuelo en el bolso, por no tirarlo al suelo, y me miro las manos, mierda, las llevo tintadas de negro. Qué asco ¿No llevaré agua? Oh, no, maldita sea, me dije de comprarla en la feria. Avanzamos ¡Oh por Diox avanzamos! Venga venga, ya vamos por el paso 24. Pero esa breva no era para mí. Paramos en seco antes de acabar el vigésimo cuarto paso. Me dieron unas pequeñas ganas de llorar, pero me contuve como una Señora. Parece que hayamos hecho un gran recorrido, pero ni desde aquí veo si quiera la mesa de firmas de Antuán.

En esos 24 pasos pasamos otra hora que parecía un milenio. El sol estaba en su punto más álgido llegando a instalarse por todo el terreno. Todo parecía estar ardiendo. A cámara lenta observo el gentío. La cola, engrosada a lo ancho por grupos de amigos emite un único murmullo a gritos. No puedo escuchar ni a mis pensamientos. Lo poco que se ve del suelo es árido y polvoriento. Mi cuerpo no para de sudar y mi ropa lleva un rato delatándolo al resto. Por mucho que apriete las axilas, ya noto el roncho de sudor empapar mi cadera. Joder y yo hoy sin duchar, debo de estar oliendo fatal y encima estoy pegado a la espalda sudada de mi predecesor y tengo el aliento, caliente también, prácticamente en la nuca pegado del de detrás que no para de subirse y bajarse los mocos. Mis piernas están atrapadas en una estufa a máxima potencia ¿A quién coño se le ocurriría ponerse pitillos negros en pleno agosto? Pero es que estos días ha hecho tanto fresquito… ñañañá ñañañá ¡Idiota! Cómo se te ocurre ponerte estos. Mi cuerpo está preso en la ropa de pretura y el apretujón de la gente. Me siento en medio de un puchero de carne cocinado a fuego lento. El agua hirviendo, yo con la cabeza fuera y los tropezones de carne y verduras chocándose con mi cuerpo. Ya no aguanto más. Tengo la boca seca, como una lija. Necesito agua, un poquito sólo de agua. Yo para qué me dejaría la botella. Mi boca llora y patalea por un mísero trago de agua fresca. Miro a mi alrededor a ver si hay alguna caseta, pero  aquella plaza reservada, sólo era para Antuán y sus fans. Maldita sea. Empiezo a semi hiperventilar pensando que estoy atrapada. Parece que nos movemos ¿Sí? Por favor, dime que sí. Pero no, los de delante se han puesto a jugar a lo bruto y el melenudo de la camisa sudada que tengo en mi frente retrocede para aguantar el equilibrio. Choca en seco contra mí, que estaba absorta mirando un hueco de sombra a lo lejos. Para poder salvarse de la caída, ha tenido que levantarme con su sandalia de soldado pretoriano galáctico la uña del dedo gordo del pie y llenarla de tierra. –¡Hostia, lo siento tía!- me dice riéndose – No te preocupes, no es nada-, te mataré, maldito del averno. Tengo media uña levantada con sangre mezclada con arena y el sudor que carga todo el ambiente. Saco el pañuelo para limpiármelo un poco, pero está tan seco que me da dentera. No tengo ni una triste gota de saliva para mojar el pañuelo un poco, mi lengua parece un encendedor de cerillas. Tampoco puedo agacharme mucho a ver la uña porque cargo con el librazo de 2.389 páginas. Por favor, qué calor. Avanzamos otros pocos pasos. Desde aquí veo el trocito de sombra más cerca. Ojalá pudiera ir aunque fueran 5 minutos. Mis ojos no pueden dejar de mirar la sombra pensando en los gratos recuerdos que tengo de ella, tan fresquita, tan aislada de la ola de calor que respiro al pleno sol atrapada en esta cola tan larga. Flirteo con la idea de pedir que me cuiden el sitio, ir un poquito a la sombra y volver de nuevo más fresquita. Además, allí hay padres con niños en carritos, seguro que llevan agua para sus hijos, y por la gloria de Diox, no se podían negar a darme un poquito. Pero todas mis ilusiones van directas al fracaso. No era la primera vez que hacía cola para que Antuán me firmara un libro, así que ya sabía de qué pie cojeaban la mayoría de lectores que se agolpaban en  las colas. Ninguno de ellos ha sido fiel a guardar ningún sitio y todos han prometido hacerlo, intentarlo o ni siquiera contestar a la pregunta de la víctima. Vuelvo a sacar la cabeza para ver el tamaño de la cola que me queda y la que he dejado atrás. Ahora no puedo plantearme salir de aquí, estoy demasiado cerca y ahora lo que ya no veo es el último tramo de la cola que se divisa como si fuera un mar de calor borroso y ondeante. Mi corazón empieza a tener taquicardia de verlo todo tan cerca. Pensar que dentro de nada va a acabar y podré comprarme luego una botella de dos litros de agua fresca, beberme uno y tirarme el otro por todo el cuerpo. Podré llegar a casa y quitarme estos pantalones y poner las piernas encima del ventilador. Pero el universo es cruel y ha decidido hacerme más pesada la espera. Un grupo de niños portando un litro de refresco denso de lima y tres toneladas de azúcar van jugando al pilla-pilla. Como todavía no tienen conciencia de las cosas, la víctima va corriendo como una liebre con el cuerpo hacia adelante y la cabeza mirando a su cazador. Así pues, la liebre chocó contra la cola y derramó  sobre mí su refresco mortal de glucosa. Un poco en el pelo que lo apelmaza y se expande a medida que intento quitarlo. La camisa tenía un nuevo lamparón, pero este más pesado. Los pantalones tenían otros dos manchurrones. Y la uña, la uña ya no quería ni mirarla. En un ataque de ira suelto a voces: -¡Herodes dónde estás! (Ojalá esta frase fuera mía)- El líquido de los niños ya estaba calando el pantalón negro, ya lo noto juntarse a mi piel bañada en sudor y mezclarse en un episodio amoroso que sé que se solidificará dentro de muy poco. Por qué, por qué no estábamos en el universo en el que Rita se acomodó en la alcaldía de Valendia 24 años. Por lo menos la feria del libro es en Abril, con el caloret y no en agosto con esta capa de magma volcánico que me está abrazando.

Por fin está Antuán firmando los libros del melenudo y sus colegas. Aprieto con las dos manos y con fuerza mi ejemplar. Ya casi me da igual hasta el calor. Doy saltitos sobre mí porque con la emoción, y aunque parezca mentira por la ultra sudoración, me estoy meando. Ya me toca. Ya me toca. Ya me toca -¡Hola! Vengo a que me firmes el libro. – Joder, estoy imbécil, menuda frasecita ¿A qué voy a venir sino? Antuán, sin mirarme si quiera se levanta emitiendo un alargamiento vocálico de <<e>> y me suelta – Mira, a mí no me líes, me voy que hace mucho calor.- Mi cabeza es un hervidero de ideas, odio muerte y destrucción, pero el shock de oír esas palabras de mi ídolo después de todo el infierno vivido para que me firme un puto libro dejan a mi cuerpo inmóvil. Veo cómo se aleja con mi ejemplar en las manos y el cuerpo chorreando. Tras tres segundos me dirijo a él de modo contundente- ¡Perdone ustez*!- No lo creía, pero Antuán se paró y se giró,-Va usted a firmarme el libro porque llevo más de dos o tres milenios esperando sufriendo miles de- El tipo me corta en seco y me dice – ¡Que no me líes! Que me voy, que hace mucho calor-. Así pues me abalanzo sobre él como una maníaca, le cojo de la pechera y lo zarandeo sin parar de soltar vituperios hacia su persona – ¿Usted? ¡Usted no sabe quién soy yo mon amie! Soy la exploradora 1-555-246 de la sección A de los viajes multiverso y acabo de pasar un infierno bíblico para su puño y letra, así que haga el favor de firmarlo.- Antuán, casi a punto del llanto sacó su pluma y me lo firmó. –Déjame en paz, por favor, loca.- -¿Loca yo?- y cuando alzo mi puño en alto para apoyarlo con sarna en su mejilla pienso: Sí, loca tú, loca del coño, así que para ya, recoge tu dignidad y talante del suelo, si te queda, vuelve a tu casa y no vuelvas jamás a salir de ella.

Llegué a casa, me di una buena ducha de agua fría puse todos los ventiladores al máximo, me desnudé y me tiré en el sofá a ver mi súper firma.